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Mitos y Leyendas

El origen de la medicina (Seneca)

Plantas medicinales

Hace mucho tiempo un hombre fue al bosque a cazar. Una noche, mientras acampaba, le despertó un rumor de cánticos y el sonido que parecía el batir de un tambor. Sobresaltado, se levantó y fue en dirección a las voces. Llegó a un lugar y vio con sorpresa que aprecía habitado. A un lado vio un montón de grano, al otro una gran calabaza. Aparte había tres mazorcas de maíz. Pero no había nadie.

 

- ¿Qué significará todo esto? -se preguntó asimismo.

 

Pero por más que buscó y buscó, no pudo saber cuál era el significado. Volvió a su manta y a la mañana siguiente prosiguió con su tarea de caza.

Dos noches después, cuando ya estaba a punto de dormirse, le desvelaron de nuevo los mismos sonidos. Cuando abrió los ojos vio a su lado a un hombre que le observaba. Tras él, se acercaba un gran número de gente.

 

- ¡Cuidado! -le dijo aquel extraño-.Lo que viste la noche pasada es sagrado. Debes morir.

 

- No -dijo una de las voces entre la gente que se había congregado en torno al cazador-. No nos ha hecho nada malo. Vamos a perdonarle. Compartamos con él nuestro secreto. Cuéntale para qué son el grano y la calabaza.

 

- El grano y la calabaza son una gran medicina para nuestras heridas -dijo el hombre que le había despertado-. Ven conmigo y te enseñaré a prepararla y cómo se usa.

 

El hombre que se le había aparecido al cazador le condujo a un lugar donde vio un fuego y un matorral de laurel junto a una cazuela de barro. En torno a él mucha gente bailaba, cantando y frotando las cascaras de calabaza.

 

- ¿Por qué está bailando está bailando? -pregunto el cazador.

 

Como respuesta, uno de ellos cogió un bastón y, con él, rasgó levemente la mejilla del cazador. Cuando una gota de sangre manó de la pequeña herida, alguien aplicó el ungüento de la nueva medicina. Y rápidamente la herida quedó curada. Otra persona blandió otro bastón y se lo clavó al cazador en la pierna y luego le aplicó la medicina. La herida se curó en el acto.

Lago entre montañas

Durante toda la noche le fueron revelando los secretos y el poder de su medicina. Le enseñaron cánticos con los que reforzar sus efectos.

 

Casi al amanecer, el cazador se puso en pie, ansioso por volver al poblado y contar a los suyo los nuevos conocimientos. Cuando se encaminaba hacia su casa, giró su cabeza para despedirse de sus nuevos amigos. En ese instante -y por un momento- se dio cuenta que no eran seres humanos, como de cerca parecían, sino animales -osos, castores, zorros…-. Cuando quiso volver sobre sus pasos, se desvanecieron en la bruma del amanecer.

 

Al llegar a su cabaña, se puso a recordar lo escuchado. Tomó una mazorca de maíz, sacó los granos y los machacó hasta reducirlos a un polvo blanco. Calculó la cantidad exacta de agua de manantial a añadir y en su cabeza volvió a sonar la voz escuchada por la noche: “Siempre de la corriente que fluye, nunca de agua estancada”.

La nueva medicina curaba las heridas al instante. Tal y como le habían revelado. Durante mucho, mucho tiempo el antes cazador repitió una vez y otra la fórmula de la medicina y antes de morir preparó la cantidad suficiente para que durara cien años y enseñó su secreto y su canto a otros iniciados.

 

Este fue el origen de la gran medicina de los indios Seneca. Cada vez que el grano cambia su piel, hacen la medicina, entonando el cántico que el cazador oyó aquella noche en el bosques. Cuando la medicina se aplica al herido, el pueblo canta la canción y hace sonar la calabaza hueca como acompañamiento.

Reunión del campamento